Mira el discurso completo de Sebastián Piñera en el velorio de Patricio Aylwin

“Estamos aquí para despedir a un gran hombre, pero también para reconocer, para apreciar y para agradecer lo que hizo por Chile, un gran presidente de la República”.

Patricio Aylwin nació en medio de la Primera guerra mundial, cuando se desarrollaba la revolución bolchevique en el entonces Imperio Ruso, cuando nacía la Unión Soviética y cuando se empezaban a configurar las líneas matrices del siglo XX.

Pocos hombres en la historia de nuestro país, les ha tocado actuar con tanta visión, fortaleza y consecuencia, en dos siglos. Pocos hombres en la historia de Chile, han dejado una huella tan indeleble como lo hizo Patricio Aylwin en la historia de nuestro país.

Aylwin jugó un rol protagónico y trascendente en tres momentos estelares de nuestro país, primero cuando como presidente de la DC y de la Confederación Democrática, opuesta al gobierno de la Unidad Popular, buscó y agotó todos los caminos para encontrar una salida democrática que permitiera a nuestro país superar la crisis que estaba viviendo.

La historia la conocemos, no tuvo éxito, en esa misión y el desenlace fue el golpe militar del 73. El quiebre de la democracia y todas las consecuencias que ello trajo aparejada para el alma de nuestro país. Fue entonces cuando el presidente Aylwin dijo que pertenecía a una generación fracasada, queriendo decir que los demócratas de esa época no supieron o no pudieron proteger y conservar la democracia, que es la forma natural de vida del pueblo chileno.

Pero la vida fue muy generosa con Aylwin y le dio muchas nuevas oportunidades para contradecir esa afirmación. Como presidente de la Concertación de Partidos Por la Democracia, le tocó liderar junto a muchos otros de la oposición al gobierno militar, como al ex presidente Ricardo Lagos y también de quienes apoyaron al Gobierno Militar pero entendieron que había llegado el tiempo y la hora de la democracia.

Condujo con particular sabiduría y firmeza esa larga y difícil transición, que condujo al triunfo del NO, en el plebiscito de octubre del año 1988, que significaba el camino más corto, más rápido y más seguro para recuperar la democracia y abrir las puertas a las libertades y a las elecciones libres.

Que permitió también las reformas constitucionales del año 89 que fueron absolutamente decisivas para encaminar y encausar por buen camino esa transición que recién se iniciaba y de esa manera abrió de par en par las puertas para que Chile se reencontrara con su democracia, para cual no solamente estaba preparado, sino que la necesitaba tanto como el aire que respiramos.

La vida, el destino o la divina providencia le tenían reservada una nueva misión a don Patricio Aylwin, y en un nuevo momento estelar de nuestra historia, le tocó encabezar como Presidente de la República el primer gobierno democrático post régimen militar y tuvo que enfrentar desafíos que entonces y también ahora aparecían como formidables. Consolidar las libertades y la democracia que nuestro país había perdido. Restablecer en plenitud el respeto a los DD.HH. en todo tiempo, en todo lugar y en toda circunstancia. Legitimar la economía social de mercado. Mantener el rumbo hacia el desarrollo. Incorporar mayores niveles de justicia social, mayor compromiso en la lucha contra la pobreza y mayor búsqueda de igualdad de oportunidades, buscar la verdad y la justicia, frente a los graves atropellos que se habían cometido contra los derechos y humanos.

Y tal vez lo más importante pero también lo más difícil, empezar a terminar con décadas y décadas de divisiones, enfrentamientos y odios que habían cruzado y tanto daño habían causado al alma de nuestro país, buscando siempre unir y reconciliar a los todos hijos de nuestra patria, incluso cuando aquello no fuera adecuadamente comprendido.

Fue en esos momentos estelares cuando el presidente Patricio Aylwin, en mi opinión, vivió sus mejores días. Hizo sus más fecundos aportes y mostró sus mejores virtudes, haciendo patentes y evidentes, las cualidades con que Dios lo dotó. Su calidad humana, su naturaleza de estadista, su amor por Chile estuvieron presentes y fueron a mi juicio decisivas, en marcar el rumbo que Chile encontró y siguió en esos tiempos.

Fueron los tiempos de la democracia de los acuerdos, cuando más allá de las legítimas diferencias, el presidente Aylwin y muchos más, supimos anteponer nuestra responsabilidad y amor por Chile a cualquier otra consideración y sobre todo superar las divisiones y odios que tanto daño nos habían causado. Recorrimos juntos los caminos del diálogo, los acuerdos y la amistad cívica.

Otra de las características del presidente Aylwin, fue tener una especial sabiduría al elegir a los equipos que en ese tiempo lo acompañaron. Recuerdo el rol que jugaron personas como Edgardo Boeninger o Alejandro Foxley, para permitir que esa democracia que recién nacía y daba sus primeros pasos los pudiera hacer en forma sana y con fuerza.

Aylwin supo mostrar toda su grandeza, su humildad, su generosidad y su sabiduría para enfrentar los desafíos como el primer presidente democrático después del gobierno militar. Fue entonces cuando el presidente Aylwin puso sus ojos en el cielo para soñar el Chile que queríamos, pero siempre cono ese realismo y humildad que caracterizaron su vida en distintos quehaceres y manifestaciones.

Fue en el camino del diálogo y los acuerdos que lejos de mostrar debilidad, mostraron coraje sabiduría y valores a través de los cuales Chile comenzó a dejar atrás esas décadas de divisiones y empezar a caminar por el camino de la reconciliación.

Patricio Aylwin tuvo también una vida plena, fecunda y feliz con su familia. Con su compañera leal de toda una vida, la señora Leonor, con sus hijos Miguel, Patricio, Mariana, Isabel, jose y Francisco. Con sus 17 nietos y 10 bisnietos que iluminaron los últimos años de su vida.

Patricio Aylwin como nos han dicho sus hijos, murió en paz con su país, en paz con su familia y en paz con dios. Y rodeado del cariño no solo de esa maravillosa familia. La biblia dice, por sus frutos los conoceréis y hoy Aylwin está cosechando los frutos de las semillas que el sembró a lo largo de toda su vida, con características escasas en la política chilena y que a veces no son suficientemente reconocidas. Bondad, humildad, consecuencua, integridad y amor por Chile.

Por eso hoy hemos visto cómo el presidente cosecha la admiración y la gratitud de todo nuestro pueblo. Qué más se le puede pedir a esta vida. Me emocionó profundamente leer que sus hijos le habían cantado Gracias a la Vida, que me ha dado tanto, me emocionó por lo que significaba, pero también porque me recordó que el año 1991, hace ya 25 años, por expresa petición de mi padre, nosotros también le cantamos Gracias a la Vida.

Recordé el enorme honor que significó para nosotros, en esos tiempos, ver cómo Patricio Aylwin, gran y admirado amigo de mi padre, ayudó a cargar su ataúd, manifestando esa lealtad de los verdaderos amigos.

Ayer escuché a una mujer humilde decir que cuando un joven se va es cómo un naufragio, pero que cuando un grande se va es cómo un barco que ha llegado a puerto. Y que duda cabe que el Presidente Aylwin fue un gran Presidente de Chile y que con él se va uno de los más grandes líderes que hemos tenido en nuestra historia. Qué duda cabe que Chile y los chilenos tenemos una gran deuda de gratitud con el presidente Aylwin y me pregunto qué nos diría hoy el Presidente Aylwin. Y estoy seguro que sus palabras serían invocarnos, motivarnos y exigirnos que sepamos ennoblecer la política, porque la política es una actividad noble.+

Que busquemos los caminos del diálogo y la de los acuerdos, que pongamos los intereses de Chile por sobre cualquier otra consideración. Porque lo que nos une es mucho más fuerte de lo que nos separa y a veces el mundanal ruido nos impide ver esa tremenda verda, y que amemos a Chile con pasión.

Qué duda cabe, el ejemplo, el legado y la enseñanza de vida que nos dejó don Patricio Aylwin nos serán muy útiles cada vez que las sombras oscurezcan el camino que todos juntos tenemos que seguir recorriendo, para hacer de Chile una patria más libre, más justa, más próspera y más fraterna.

Por eso quisiera agradecerle al Presidente Aylwin, cuando fui presidente muchas veces lo invité a La Moneda, muchas veces lo visité en su casa. Y siempre, siempre encontré esa actitud y esa voluntad de prestar consejos sabios y generosos, y que pa mí y muchas veces él lo ponía en duda, me fueron extraordinariamente útiles.

Por eso, Presidente Aylwin, descanse en paz y que Dios lo acoja en su infinita misericordia. Muchas Gracias.

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